DESFLORACION ANAL II


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Y como era de esperar, en un momento salió del baño. Aunque debo reconocer que no la escuché hacerlo, me encontraba en una especie de ensueño, como abombado. No fue sino hasta que tímidamente se sentó a mi lado que tomé conciencia de que había retornado.

– ¿Estás bien papá? Me preguntó a la vez que trataba de disimular sus intentos de no mirarme a la cara cuando lo hacía.

– Mse..mse. Alcancé al balbucear.

Aún no caía de lo que acababa de poder vivir. De la maravillosa experiencia que me había regalado la vida. Además de inesperada. Hacía unos instantes, una mujer preciosa, joven, con un físico soñado y para mejor mi hija, me había posibilitado presenciar el espectáculo más sublime que puede brindar la naturaleza. Su desnudez, a la vez que su inocencia y todo su erotismo. En medio de la sumamente dificultosa empresa de tratar de asimilar esa vivencia, retome, en algún punto, la conciencia: – ¿Te tranquilizaste July? – Si, pa. Muchas gracias y disculpa de nuevo que te lo haya pedido, lo que pasa es que no sabía a quien más recurrir. – No te hagas problema, nena. Además, me encanta que tengamos esa confianza entre nosotros, que podamos hablar de todo y contar el uno con el otro.

El discurso de padre afectuoso y comprensivo solo era eso. Un discurso, que intentaba disimular a toda costa el grado de excitación que tenía desde hacía un rato por demás prolongado. En un paso fugaz de mis ojos por mi mismo, noté como mi entrepierna era una carpa, como mi verga hacía absoluto caso omiso a mis propias palabras, como mi cuerpo se expresaba descaradamente, como cualquier hombre frente a una situación excitante, pero más aún, ya que quien me había hecho calentar así era mi propia hija. No se si fue mi mirada o el indisimulable bulto en mi pantalón lo que llevó a que July también dirigiera sus ojos hacia mi verga. Y lo que yo mismo reconocía como evidente, la cara de ella pasó a confirmarlo aún más. Se trastocó su semblante. Se estremeció casi sin moverse. Su rostro mostraba claramente lo movilizada que se había puesto. Entonces intentó, sin mucho éxito, decir algo como que era tarde o que estaba cansada. Pero ni se movió de mi lado, ni apartó su mirada de mi entrepierna. Si me preguntan cuando estuvimos así, yo mirando su rostro a esta altura encendido y ella la protuberancia que sobresalía de entre mis piernas, no podría contestarles. Minutos, horas& no se. En algún momento alguien tendría que decir algo y eso que se dijera podía llegar a ser devastador. repente te ví como mujer, ¿me entendes? Es como si no registrara que sos mi hija. Y al tener el cuerpo que tenés y ver lo que ví, me puse así. Pero te pido que no te asustes. No es nada más que una situación que te juro que nunca más se va a dar. Disculpame de nuevo, nena.

Para el estado en que me encontraba, lo que acababa de decir era más que lo que pensé que podría llegar a enunciar. Dentro de ese marco de situación, teniendo en cuenta las consideraciones del caso, eran palabras casi aceptables. Por lo que tratando de aprovechar ese instante de cuasi lucidez, intenté pararme e irme a mi habitación lo más pronto posible.

– No te podes ir así. Me dijo a la vez que me agarraba del brazo haciendo que me volviera a sentar en el sillón.

Supuse entonces que mi huida había sido frustrada para que me diera un sermón de lo mal que había estado con ella, que la había defraudado, que a partir de ahora nada sería igual, sino que se había roto un vínculo incomparable& No fue así.

– No digas nada, no pronuncies una palabra, pero como vos me ayudaste y me hiciste sentir muy bien, voy a hacer algo por vos. Hoy y nunca más, ¿Ok? – Si. Alcancé a decir a media voz.

Entonces mirando para ambos lados, cerciorándose de que no hubiera más nadie presenciando la escena, sin mirar lo que hacía, empezó a desabotonarme la bragueta del jean, que seguía estando tirante a consecuencia de mi erección aún firme. Ese era el punto de quiebre. Ahí era el momento en el cual la persona adulta, mayor y pensante, es decir, s

upuestamente yo, debía poner un coto, un limite. Llevarnos a los dos al terreno de lo debido, de lo sano, de la cordura. Tenía que detenerla, sacar sus manos de mi pantalón y con palabras directas y afectuosas, explicarle que no estaba bien que hiciéramos eso, que no podíamos entrar allí, que & Nada de eso hice. Es más, ni siquiera lo intenté. Mi calentura terminó de echar por tierra lo poco de cuerdo que me quedaba. Cuando terminó de desabotonarme la bragueta, abrió lo más que se podía los costados del jean y por un instante contempló mi slip hinchado por la presencia de mi inflamada verga que urgía por salir de allí y mostrarse rígida en todo su esplendor. Luego de esa mínima pausa, me bajó mi ropa interior permitiendo que primero mi glande y después una buena parte del tronco salieran a la luz. Y allí, nuevamente, su rostro cambió. Su expresión se trastocó. Era claro que ver a su padre sentado en el sillón de la casa, con las piernas separadas al máximo, su pantalón abierto, su slip bajado, con su pija dura, caliente, venosa y apuntando al techo la calentaba, tanto como lo estaba yo. Se acomodó mejor y con su mano izquierda tomó mi pija, la rodeó con los dedos y la agarró firme, para pasar en seguida a apretarla. Suspiró como quien se embarca en un viaje que no sabe a donde lo llevara y acto seguido, comenzó a pajearme, con una dulzura, pero a la vez con unas ganas, que logró que mi falo de carne creciera aún más, si es que eso era posible.

Por mi parte, me agarré con fuerzas del almohadón del sillón y me dispuse a vivir la experiencia más caliente y zarpada de toda mi vida. Trataba de ver como mi hija me masturbaba, de disfrutar viendo además de sintiendo, sin expresar demasiado mi calentura, por miedo a que aquel instante sublime se cortara. Su mano aunque me tomaba firme, primero me pajeaba despacio, luego fue intensificando su velocidad hasta llegar a hacerlo casi frenéticamente.

– ¡Que verga tenés! ¡Estás durísimo! – Si, no doy más de la ca acompañando los movimientos de July.

– ¡Son increíbles! ¡Que tetas tenés mi cielo! – ¿Están buenas pa? – ¡Para comérselas! – ¡Bueno, pero una probada nomás eh!. Y pasando su brazo derecho por debajo de ellas, tomó la izquierda y la acercó hasta mi boca para que se las chupase, primero esa y después la derecha, por unos instantes. Sabían a lo más sabroso del mundo. Tenían gusto a lo prohibido.

A resultas de esa maravillosa caricia que me propinaba mi hija y del par de gomas que estaba chupando, la cabeza de mi miembro, que estaba casi morada de lo caliente que me encontraba, comenzó a largar un poco de jugo preseminal, como para lubricarse mientras era acariciada. Al sentir ese jugo en sus dedos, la excitación de ella se hizo casi incontenible, su respiración era agitada, los cachetes de su cara estaba rojos, sus ojos expresaban una lujuria incomparable y sus pezones se irguieron un poco más. Era una hembra en celo. Entonces haciendo total abandono de lo que ella había descripto como algo exclusivamente para mi, lo transformó en algo mutuo, para el goce de ambos. así fue que de a poco fue recostándose cada vez más hasta estar con todo su cuerpo apoyado en los almohadones, sin dejar de masturbarme, colocándose cada vez más cerca de mi verga. Más cerca. Otro poco más. Y entonces, cuando pensaba que no podía existir placer más maravilloso que el que me estaba dando July, con mis ojos cerrados por la concentración en gozar, sentí como la lengua de mi nena me recorría el glande, me lamía el tronco y volvía a subir para meterse toda la cabeza inflamada de mi chota en su boquita. Y de pajearme, pasó a chupármela como una diosa del amor, como la más experimentada prostituta, como la hembra más puta, como nadie, ya que era mi hija. Abrí los ojos y vi como además de mamarmela, ella se tocaba la conchita con la otra mano, veía como mi nena se metía mi pija en la boca y como eso la calentaba tanto que tenía que ella misma pajearse delante de papá, para controlar su propia excitación. Era paradisíaco escuchar en el silencio de la sala, el sonido que hacía July al momento de meterse todo el pedazo que me sobresalía del pantalón, chuparlo con fuerza y tragarse los jugos que me salían. Si hubiera sido por mí, sería el día de hoy que aún estaríamos así, ella masturb&aacu

te;ndose a la vez que me mamaba. Jamás hubiéramos terminado.

Pero ni ella ni yo podíamos aguantarnos más. Estábamos calientes como nunca, queríamos acabar, demostrarle al otro cuanto nos gustaba ese placer que estábamos viviendo. Por eso, cuando sentí como se empezaba a retorcer por el polvo que ella misma se había dado tocándose la concha, metiéndose los dedos, acariciándose el clítoris mientras le chupaba la pija al padre, en el mismo momento en que ella sacó un instante la cabeza de mi verga de su boca para poder tomar un poco de aire después de haber acabado como una yegua en celo, en ese mismo momento y sin avisarle nada, le acabé tirándole un chorro de mi leche caliente y espesa en su carita de ángel, a lo que ella se apresuró a meter nuevamente en su boca mi chota para que le terminara de dar el resto de mi leche, la que previo a tragar, saboreó un rato. A modo de compensar lo que había hecho por mí y para demostrarme que lo había pasado tan bien como yo, llevó a mi boca los dedos que hasta hacía instantes había tenido metidos en su concha, que estaban empapados e impregnados de un gustito maravilloso. A concha de mi hija. Nos miramos, acomodamos nuestras ropas y ahora si, ella con su culo cogido hac poco de jugo preseminal.”>

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Escrito por Relatos spa-astramed.ru

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